“amanece: el día termina” de Ernesto Seco (La luz del topo; 1985)

Recuerdo las paredes de la Hacienda a la que fuimos anoche, hace unas horas. Arcos oscuros, ecos placentarios de cuyos techos gotea el agua olorosa de los años, caverna de exmonarcas leprosos que se refugian en la invisibilidad para evitar que la historia delate el desprendimiento de su pellejo y de su conciencia. Por donde quiera se veían amontonadas piedras viejas que el tiempo arrancara de los pilares y los muros gigantes; se les caían como a ancianos y niños los dientes, dejando ventanas abiertas, vacíos en un principio dolorosos, huecos para las golondrinas y los murciélagos. Puertas clausuradas. Abandono.

Uno no conoce su propio corazón, sino cuando se rebela, cuando se sale del cuerpo y le da por latiguear como pescado en el aire, se resbala, se va de las manos rebotando en la banqueta, pegando su chicle, tocando puertas casualmente, cubriéndose de polvos, haciéndose pasar por conocido, rajándose con vidrios rotos por ahí. Con el corazón quieto, sin embargo, cantando la canción que mejor nos sale, nos hallamos de súbito felices, creemos en la perfección de su bombeo, nos reímos de todo, nos vemos, nos acompañamos.

Felices hasta el día en que el corazón se rebela. Lo peor es la cruda. El sol cayendo como riel en la cabeza.

Llegando de la Hacienda todavía seguí tomando, al principio de la madrugada. Previsor dejé un tequila en la casa y casi me felicité a mí mismo al entrar en la cocina. Estaba contento. No encendí la luz. Me senté, botella en mano, y decidí deslindar las sombras. Resultó difícil y aburrido el jueguito, pero se me ocurrió prender la última vela del candelabro. Entonces sí, ágiles y temblorosas las sombras se asomaron de las cosas: una sombra de silla alargada como un escurrimiento inverso por la pared, mesa, refrigerador, botellón con plumas, estufa, móvil de palma, trompetista de barro. La sombra del mutismo entrando y saliendo, lagartija de las otras sombras, de mis labios y el tequila que se besan pausadamente. Apenas me deja la penumbra, alcanzo a adivinar la foto donde Emilio yace bocabajo, llorando, sólo se ve la mitad de su cuerpo y las sábanas arrugadas, porque enmedio de su llanto las estruja con sus minúsculas manotas, con su inocente pasión.

A él le están brotando las muelas y suelo extrañarlo seguido. El está con Leonor y ella sólo podría extrañarme a mí, pero ni me extraña. Porque ya resueltas, las mujeres no dan marcha atrás. Tengo que organizar mi vida. Tengo que proyectar mi sombra para acompañarme hoy.

Anoche en la Hacienda te recordaba. A la que siempre le hablo de tú con estas palabras. Lo que antes te negué, ahora lo ando ofreciendo. Lo que necesitaste, ahora lo necesito. Salud. Aarajo. Pero ya se acostumbró mi amor propio a hacerla de balón: a que lo agarre a patadas. Por lo menos, el recuerdo que tengo de ti no es para nada horroroso ni tanguero; tal vez medio ridículo, pero da gusto. Me pregunto si se te rebelará el corazón, con quién vivirás. Me he prometido averiguar de ti, pero igual a todo lo que prometo, también esto lo he borrado. Eso sí, me revuelca el recuerdo de la estúpida noche, la siempre imbécil noche final. Por supesto, estábamos acostados. Salud. ¿Por qué será que estas historias empiezan y terminan en la cama? Habíamos hecho el amor sin muchas ganas de tu parte. Mejor dicho: sin ganas en absoluto de tu parte. Salud.

–¿Qué onda? – te pregunté abriendo los ojotes en la oscuridad.
–Nada.
–¿Cómo que nada? ¿A poco crees que no me doy cuenta?
–Te digo cuando me nazca decírtelo.
–¡Ni madres! Me lo dices ahorita.
–¿Por qué crees? Te voy a decir, de hecho quiero y tengo que decírtelo, pero cuando YO quiera. Hay cosas que no se pueden forzar, ¿me entiendes?
Además hoy no tenía ganas, y eso es algo que tú no puedes entender, que una no tenga ganas, ¿ya?
Y me puse peor, a insistir como orate, con toda mi torpeza desatada. Y friegue y friegue, hasta que tus párpados, antes corridos, recobraron el nervio y le abrieron paso a una dulce mirada, te la desconocía, una luz liberadora brillaba en tus ojos.
–Bueno, está bien. Te lo voy a decir, pero ahora es más porque estás de que a fuerza lo quieres saber todo. Ya nuestra relación no me prende, ¿me entiendes? Te quiero mucho, pero también quiero conocer a otros hombres, salir con ellos sin tener que darle explicaciones a nadie, ¿me entiendes?
Tengo curiosidad y tengo ganas de estar más tiempo sola. Pero no te asustes, también quiero que nos sigamos viendo y que te quedes en la casa de vez en cuando… si nos nace… pero ya no igual… ¿me entiendes? -dejé de escucharla y me levanté de un vuelo. Comencé a vestirme.
–No me digas que te vas, no seas mamón. Ya es supertarde -no respondí nada. Salí de tu pieza (¿te acuerdas?) y me acosté en el sofá de la sala a asimilar el madrazo. Salud. Desde ahí se escuchaban los ronquidos de Sonia provenientes de la otra habitación y me dio un ataque de risa. Pero al repasar mi orgullo de amante herido, la risa se me escurrió hasta los calcetines, dejándome un nudo en la garganta que ahogaba todo el amor. Quise odiarte y entré de nuevo a tu pieza.
–Así que quieres seguirme viendo, ¿no? Que nos echemos un palito de vez en cuando, ¿no? ¡Pues sábelo, pinche mentirosa, no vas a verme nunca! ¡Mis cosas que hay aquí, quémalas o házles lo que se te hinche la madre! Nunca más ¿me entiendes? -y salí a rebotar contra el aliento helado de la calle, con el corazón rebelde, heroicamente tonto, perdiéndote entonces como lo que pierdo ahora.

Las sombras del presente, la casa vacía si Leonor ni Emilio, el arca hundida de la ausencia, me han despertado de tu recuerdo. Un anciano surgido de la pared, viene hacia mí con la ropa hecha jirones, pone sus huesudas manos en torno a mi cuello. Cierro y abro los ojos. El viejo, sin embargo, sigue ahí. El matador. Llevo mis propias manos a mi cuello buscando las otras manos frías. Quiero pedir ayuda. Mi voz es un vaso quebrado. Me estrangulo. Si al menos estuviera Leonor, acudiría presurosa a pasarme una caricia por la cara. Ella sabía ahuyentar a los muertos.

Todo ha pasado. No sé si apagar la vela y encender el foco. Las sombras y las apariciones me deprimen, pero le dan plena vela al pensamiento. Quizás lo que anhelo es borrarlo, borrar el mundo, borrarme yo. El tequila ya baja con alas de fuego al barranco de mi cuerpo. Me está enterrando en el mar.

Le iba a pedir a Leonor que se quedaran, que se fueran mañana, otro día, nunca. Pero ya es muy tarde. Está dicho: de que se deciden, se deciden.

Aunque tal vez… ¡ey, musa, te invito a mi día! A ti y a todo lo perdido.

¿Por qué lo echo a perder todo?

Tomo conciencia y se enciende la culpa.

Afuera de la cocina se oye el llanto de un cerdo y se parece tanto a la voz que me acusa. Es domingo. Al cerdo deben estarlo matando al otro lado de la loma, luego lo desollarán y harán un manjar de sus vísceras y su pellejo. Por lo pronto, antes de la muerte, su lamento traspasa el cielo como queja infantil, su llanto de cerdo fluyendo por esos ojos tan similares a los ojos humanos, el puerco, el cochino, el pobre marrano. Miles de navajas estallan en su hocico para congestionar el viento. Amanece. El día termina.